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Al fin de la batalla

  • Foto del escritor: Eva María Palomino
    Eva María Palomino
  • 15 sept 2021
  • 1 Min. de lectura

Foto: La República

Abimael Guzmán ha muerto cumpliendo su condena en la Base Naval del Callao. La persona quien fue responsable de los miles de muertes en la década de los 80 ha fallecido en prisión: viejo, derrotado y enfermo.


Como era de esperarse, empezaron a surgir teorías conspirativas y jaladas de los pelos como ocurrió con el suicidio de Alan García: pedían ver el cuerpo, otros decían que probablemente ya estaba fuera del país e incluso aseguraban haber visto sobrevolar un helicóptero con bandera cubana. ¿Tan sorprendente es que muera una persona de 80 años que ya tenía problemas de salud?


La faena terminó cuando un grupo de congresistas, morbosamente, fueron a ver su cuerpo frío en la morgue del Callao mientras manifestantes de La Insurgencia (antes La Resistencia) se encontraban afuera con carteles rechazando el comunismo y pidiendo la reconfirmación de la muerte del terrorista.


Incluso hace unos días un grupo de personas lideradas por la actual congresista de Fuerza Popular, Rosángela Barbarán, ocupó el óvalo Miraflores celebrando la muerte del terrorista Guzmán y tratando de instrumentalizar el acontecimiento para mostrarse como oposición.


Esta muerte ha evidenciado otro de nuestros problemas como nación: la falta de legislación posterior al conflicto armado interno. ¿Cómo se procede ante estos casos? ¿Quién toma la decisión? ¿Incineración o entierro en un cementerio?


Hasta ahora se sabe que la decisión está en manos de la Fiscalía, pero también se está promoviendo un proyecto de Ley para saber qué hacer ante hechos similares, el proyecto de Ley apunta a que su cuerpo sea incinerado y sus cenizas arrojadas al mar. Ojalá pueda ser resuelto a la brevedad, mientras tanto, el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

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